Miraba
a la muchacha desde una esquina, tumbada sobre una cama improvisada con mantas
y sacos llenos de algo que desconoce. Una pequeña hoguera en el centro del
cubículo eliminaba la oscuridad fría y húmeda para remplazarla por una luz
cálida y acogedora. Jamás hubiera pensado que la medicación que había usado
para curarle el corte pudiera llegar a los extremos de dejar inconsciente a la
gente. Estar en la tienda de la enfermería no era su pasatiempo preferido en el
campamento. El muchacho se entretiene creando formas con las llamas procedentes
de sus delgados dedos. Un león diminuto se posó sobre su palma y se quedó
mirándolo, como si esperase algún tipo de orden. El animal abrió la boca.
Alexander rio para sus adentros, era imposible que saliera sonido alguno de
aquella criatura. Entonces, el animal giró de golpe la cabeza y en menos de un
segundo se convirtió en humo. Cuando el muchacho levantó su cabeza pudo
observar como su amiga se estaba levantando. Se levantó de su asiento para
sentarse más cerca de ella. Cuando se hubo sentado sobre las mantas, Elena giró
su cuello e hizo que crujiera, aunque agradecía bastante el haber podido dormir
después de casi una semana sin pegar ojo.
-¿Estás
mejor? – preguntó el muchacho entregándole algo de pan que había encontrado
guardado en el refugio. La muchacha solo asintió sin mirarle. – Come algo – le
ordenó dejando el pan sobre sus piernas.
Elena
partió el pan en dos y entregó el segundo trozo a su amigo, que lo rechazó
volviendo a dejar el trozo sobre el regazo de la muchacha. Elena suspiró y
empezó a comer. Podía notar como su estómago había empezado a rugir nada más
ver algo de comida tan cerca de ella. No habían podido regresar al campamento
ya que los enemigos podrían haberlos seguidos y durante esos días apenas habían
probado bocado. Si no hubiera sido por también hubieran estado deshidratados.
Elena
dirigía su mirada hacia el fuego, pero en realidad no estaba mirando las
llamas. Miraba la nada. Había dejado de parpadear, se había convertido en una
especie de estatua si no fuera por los movimientos que hacían sus brazos para
dirigir la comida a la boca. Ni se miraban ni hablaban. Alexander conocía esa
mirada. Sabía en qué estaba pensando y por qué. Era capaz de interpretar cada
gesto y mirada de la joven. Sin embargo lo único que todavía le costaba
entender en muchas ocasiones eran sus palabras. Se le pasaron varias cosas por
la mente para decirle, pero no le gustaban demasiado.
Entonces,
en el preciso momento en el que Alexander abrió su boca para hablar con la
chica ambos giraron sus cabezas en dirección a la puerta. Habían escuchado unos
ruidos provenientes de fuera. Supuestamente solo los suyos sabían de la
existencia del refugio, pero aquel territorio solo les había sido asignado a
ellos dos. Los ruidos empezaron a convertirse en voces que de momento no
llegaban a reconocer. Alexander apagó el fuego y cogió la mano de Elena para
que fuera hacia una esquina con él. No conseguían distinguir bien los sonidos
del exterior así que solo les quedaba esperar a que abrieran la puerta.
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