Érase una chica pegada a unas letras

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sábado, 3 de agosto de 2013
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❝ Alex y Elena ❞

Miraba a la muchacha desde una esquina, tumbada sobre una cama improvisada con mantas y sacos llenos de algo que desconoce. Una pequeña hoguera en el centro del cubículo eliminaba la oscuridad fría y húmeda para remplazarla por una luz cálida y acogedora. Jamás hubiera pensado que la medicación que había usado para curarle el corte pudiera llegar a los extremos de dejar inconsciente a la gente. Estar en la tienda de la enfermería no era su pasatiempo preferido en el campamento. El muchacho se entretiene creando formas con las llamas procedentes de sus delgados dedos. Un león diminuto se posó sobre su palma y se quedó mirándolo, como si esperase algún tipo de orden. El animal abrió la boca. Alexander rio para sus adentros, era imposible que saliera sonido alguno de aquella criatura. Entonces, el animal giró de golpe la cabeza y en menos de un segundo se convirtió en humo. Cuando el muchacho levantó su cabeza pudo observar como su amiga se estaba levantando. Se levantó de su asiento para sentarse más cerca de ella. Cuando se hubo sentado sobre las mantas, Elena giró su cuello e hizo que crujiera, aunque agradecía bastante el haber podido dormir después de casi una semana sin pegar ojo.

-¿Estás mejor? – preguntó el muchacho entregándole algo de pan que había encontrado guardado en el refugio. La muchacha solo asintió sin mirarle. – Come algo – le ordenó dejando el pan sobre sus piernas.

Elena partió el pan en dos y entregó el segundo trozo a su amigo, que lo rechazó volviendo a dejar el trozo sobre el regazo de la muchacha. Elena suspiró y empezó a comer. Podía notar como su estómago había empezado a rugir nada más ver algo de comida tan cerca de ella. No habían podido regresar al campamento ya que los enemigos podrían haberlos seguidos y durante esos días apenas habían probado bocado. Si no hubiera sido por también hubieran estado deshidratados.

Elena dirigía su mirada hacia el fuego, pero en realidad no estaba mirando las llamas. Miraba la nada. Había dejado de parpadear, se había convertido en una especie de estatua si no fuera por los movimientos que hacían sus brazos para dirigir la comida a la boca. Ni se miraban ni hablaban. Alexander conocía esa mirada. Sabía en qué estaba pensando y por qué. Era capaz de interpretar cada gesto y mirada de la joven. Sin embargo lo único que todavía le costaba entender en muchas ocasiones eran sus palabras. Se le pasaron varias cosas por la mente para decirle, pero no le gustaban demasiado.


Entonces, en el preciso momento en el que Alexander abrió su boca para hablar con la chica ambos giraron sus cabezas en dirección a la puerta. Habían escuchado unos ruidos provenientes de fuera. Supuestamente solo los suyos sabían de la existencia del refugio, pero aquel territorio solo les había sido asignado a ellos dos. Los ruidos empezaron a convertirse en voces que de momento no llegaban a reconocer. Alexander apagó el fuego y cogió la mano de Elena para que fuera hacia una esquina con él. No conseguían distinguir bien los sonidos del exterior así que solo les quedaba esperar a que abrieran la puerta.